9/6/15

Pedro


De su visita a Almansa no recuerdo que estrechara mano alguna, aunque sin duda debió hacerlo profusamente. Pero no he olvidado los besos y abrazos con los que Pedro Zerolo se presentaba y despedía. Tras el quinto intercambio de energía a través del besuqueo, antes de subirse al coche para salir hacia el siguiente destino, Pedro, que parecía no irse nunca, saludó con una inmensa sonrisa a quienes le decíamos adiós en la penumbra de una calle triste que, por unos minutos, quedó iluminada con su presencia. Era febrero, la campaña electoral del año 2008 acababa de iniciarse, y el pedacito de fuerza e ilusión del que se desprendió para regalárnoslo con el mandato de que lo utilizáramos con sabiduría, aún permanece en mí.


   Dejo las loas y los panegíricos sobre su semblante humano y político a otros –hoy se multiplican y todos son acertados, aunque alguno atufe a insincero–, pues nada puedo aportar que no esté ya dicho sobre su excelencia como persona en lo público y lo privado. Me conformo con recordar sus rizos brotando como pensamientos encrespados y libres, sus patillas de disimulado bandolero dispuesto al reparto, su calvicie orgullosa de la lucha, el atropello de sus palabras emocionadas y emocionantes que parecían caricias en su acento canario, la atractiva potencia de su discurso plagado de sincera vitalidad. Me conformo con recordarle con los ojos húmedos y el corazón un poco descompuesto.


   “Si nosotros no vamos, ellos vuelven”, dijo en aquella ocasión. Y terminaron llegando. Ahora, él se va. Y algo se nos queda huérfano.

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